Paso 01 / 06
Validar
Estás aquí si tienes una idea que te gusta y todavía nadie de fuera la ha tocado.
Antes de construir hay una fase silenciosa que casi siempre nos saltamos.
No es imprudencia. Escuchar se parece demasiado a no hacer nada, y cuando el proyecto es tuyo, no hacer nada da miedo. En los primeros días aparece una urgencia extraña, la sensación de que si no empiezas ya alguien se te va a adelantar. Casi nunca es cierto, y esa prisa se acaba pagando más adelante.
También influye que esta fase no produce nada que enseñar. No hay pantallas, no hay avance visible y no puedes contarle a nadie lo que has hecho esta semana. Cuando trabajas por tu cuenta eso pesa más de lo que parece, porque el único que mide tu progreso eres tú.
Qué busco exactamente
Lo que busco en esta fase no es una opinión sobre mi idea. Las opiniones sobre ideas son amables por defecto: la gente dice que suena bien porque decir lo contrario sería descortés. Uno se lleva ese «suena bien» a casa y lo guarda como si fuera una prueba, cuando no lo es.
Lo que busco es qué está haciendo ya alguien sin mí. A mano, de forma incómoda, sin que nadie se lo haya pedido. Esa incomodidad es la señal más fiable que he encontrado, porque nadie se molesta en resolver algo que no le importa.
La diferencia entre las dos cosas es enorme. Una opinión te dice lo que alguien cree que haría en una situación hipotética. Un apaño te dice lo que ya hace, con el coste que le supone, en la situación real. Lo primero se olvida en cuanto acaba la conversación; lo segundo lleva meses ocurriendo.
Qué preguntar, y qué no
La pregunta que no sirve es «¿usarías esto?». Es hipotética, es halagadora y responde que sí prácticamente siempre. También sirve de poco preguntar por el futuro: «¿pagarías por esto?» obtiene una respuesta sincera y aun así inútil, porque nadie sabe de verdad lo que hará dentro de tres meses.
Las que sí me han servido van todas hacia atrás, hacia lo que ya ocurrió. Cuándo fue la última vez que tuviste este problema. Qué hiciste exactamente ese día. Cuánto tiempo te llevó. Qué probaste antes. Por qué lo dejaste. Cuánto te costó, en dinero o en horas.
Son preguntas sobre hechos, y los hechos no se pueden ser educado con ellos. Si alguien no recuerda la última vez que tuvo el problema, es que el problema no existe con la frecuencia que tú pensabas, y eso lo acabas de averiguar en treinta segundos.
Dónde encontrar a esas personas
No hace falta una muestra representativa ni un panel. Con ocho o diez conversaciones se ve el patrón, y a partir de ahí empiezan a repetirse las mismas frases.
Los sitios donde la gente ya se queja son los más útiles: hilos de foros, reseñas de productos parecidos, grupos de gremio, respuestas a publicaciones sobre el tema. Ahí la gente escribe sin que nadie le pregunte, que es exactamente la condición que buscas. Una queja espontánea vale más que una entrevista concertada, porque nadie se molesta en escribirla por quedar bien.
Y conviene hablar también con quien decidió no resolver el problema. Esa conversación es la más incómoda y la que más información da: te explica por qué convivir con el problema le salía mejor que arreglarlo, y ese razonamiento es exactamente contra el que vas a competir.
El problema de escucharte a ti mismo
Hay una parte que cuesta reconocer. Tu propio entusiasmo pesa más que cualquier opinión ajena, y si trabajas solo no hay nadie que lo compense. Aquí desconfío de mi criterio más que en ningún otro momento, no porque no sepa observar, sino porque quiero que la respuesta sea que sí, y querer algo cambia lo que uno escucha.
Lo único que me ha servido contra eso es escribir lo que espero oír antes de la primera conversación. Si luego lo que oigo coincide demasiado con lo que había escrito, sospecho de mí. Y si aparece algo que no había previsto, suele ser lo más valioso de toda la ronda.
Los errores que he cometido aquí
El más caro fue hablar solo con gente parecida a mí. Es lo cómodo: contactos del gremio, personas que entienden el planteamiento a la primera y que además te lo mejoran. El problema es que te devuelven tu propia forma de pensar y tú lo interpretas como confirmación.
El segundo fue explicar la idea antes de preguntar. En cuanto describes lo que piensas construir, la conversación deja de ser sobre la vida de esa persona y pasa a ser sobre tu propuesta. A partir de ahí solo vas a recibir opiniones, que es justo lo que no habías venido a buscar. Ahora cuento lo que hago al final, cuando ya no puede contaminar nada.
Y el tercero, más sutil, fue tomar notas en limpio. Reescribir lo que alguien te ha dicho con tus palabras lo ordena y, de paso, le quita todo lo que no encajaba en tu marco. Ahora apunto las frases tal cual, aunque suenen desordenadas, porque suelen ser lo único que después me hace cambiar de opinión.
Qué hago con lo que aprendo
Al terminar la ronda busco dos cosas. La primera es el apaño que más se repite: el sistema improvisado que varias personas han montado por su cuenta, casi siempre en una hoja de cálculo o en un cuaderno. Eso me dice qué parte del problema duele lo bastante como para que alguien ya haya invertido tiempo en resolverla.
La segunda es la frase que se repite sin que yo la haya sugerido. Cuando tres personas describen la misma situación con palabras parecidas, ahí tengo tanto el problema como la manera de nombrarlo. Esa frase suele acabar siendo el texto de la página de inicio, y no por casualidad: es lo único que está escrito en el idioma de quien lo sufre.
Cómo sé que he terminado
Sé que he terminado cuando puedo hablar de personas concretas en lugar de perfiles. No «diseñadores freelance», sino alguien con nombre que el martes pasado hizo esto de esta manera y perdió esta tarde.
Esta fase dura menos de lo que parece: llega un punto en que ya no estás aprendiendo nada nuevo, solo buscando que alguien te dé permiso. Cuando la tercera conversación seguida no te aporta nada que no supieras, se ha acabado.
Y si después de diez conversaciones nadie tiene el problema de forma reconocible, eso también es un resultado. No es agradable, pero has averiguado en dos semanas algo que si no te habría costado seis meses de construcción.
Preguntas que me hacen sobre esto
Cuántas conversaciones hacen falta antes de construir?
Entre ocho y diez para un mismo perfil. Lo que marca el final no es el número, es dejar de oír cosas nuevas: cuando la tercera conversación seguida no te aporta nada, has terminado. Si cubres dos perfiles muy distintos, cuenta ocho de cada uno.
Y si no conozco a nadie que tenga el problema?
Busca donde la gente ya se queja sin que nadie le pregunte: hilos de foros, reseñas de productos parecidos, grupos del gremio. Una queja espontánea vale más que una entrevista concertada, porque nadie se molesta en escribirla por quedar bien.
Puedo saltarme esta fase si el problema lo tengo yo?
Tenerlo tú mismo es una buena señal de partida y una mala prueba. Te dice que existe al menos un caso, pero no cuántos más hay ni si a los demás les duele lo suficiente. Con tres o cuatro conversaciones sabrás si eres un caso o un patrón.
Cómo distingo una señal real de mi propio entusiasmo?
La señal real es algo que ya ocurrió sin ti: un apaño montado a mano, un tiempo invertido, un dinero gastado. El entusiasmo se alimenta de frases en condicional. Si lo que tienes son intenciones y no hechos, todavía no tienes señal.
Si quieres tirar del hilo