Obiblion
Vender un trozo de Marte sin mentir a nadie
Hay ideas que suenan a estafa antes de terminar de explicarlas. Esta empezó con una pregunta: ¿se puede hacer lo mismo, pero sin engañar a nadie?

Hay ideas que suenan a estafa antes de que termines de explicarlas. Esta es una.
«Vendo parcelas en los planetas». Lo dices en voz alta y ves el gesto. La otra persona ya conoce la historia: las escrituras de la Luna, los certificados con sello dorado, el acre en Marte que alguien te regaló un cumpleaños y que no vale ni el papel. Y tiene razón en desconfiar. Casi todo lo que hay en ese mercado vive de que no se lea la letra pequeña.
Así que Obiblion empezó con una pregunta un poco rara: ¿se puede hacer esto mismo, pero sin engañar a nadie?
La idea, sin adornos
Obiblion divide ocho planetas en hexágonos. Eliges un planeta, eliges un hexágono, le pones tu nombre y unas palabras, y ese trozo tiene coordenadas exactas, un código y una página propia que puedes compartir. Utopia Planitia, 36,3° N 82,2° E, con tu nombre encima.
Eso es todo. No es terreno, no es una inversión, no es un NFT. Lo pone en la portada, en las preguntas y en las condiciones, y lo pone a propósito donde se lee. Hasta escribí una guía entera para explicar por qué lo que venden otros no es lo que dicen. Tiene su gracia lanzar un producto y dedicar tu primer artículo a explicar lo que tu producto no es.
Creo que esa fue la decisión más importante del proyecto, y no tiene nada de visual. Si no podía venderlo diciendo la verdad, no valía la pena venderlo.
Lo que sí es
Lo que sí es, o lo que quiero que sea, es un regalo. Algo para la persona que vive lejos, para un aniversario, para alguien a quien le gusta mirar arriba. Por eso puedes regalar una parcela y elegir el momento exacto en que se revela. El producto no es el hexágono. Es el gesto.
La parte que disfruté demasiado
Los planetas son modelos en 3D con texturas de la NASA. Cada uno tiene regiones con nombre: en Neptuno puedes elegir un hexágono en la Gran Mancha Oscura, la que vio la Voyager 2 en 1989. Hay un botón de sonido. Hay rarezas por magnitudes, como las estrellas.
Y hay un detalle que me encanta. La rejilla de hexágonos no puede cubrir una esfera solo con hexágonos: matemáticamente le sobran doce pentágonos, siempre doce. En vez de esconderlos, los convertí en las parcelas más raras del catálogo. Doce por planeta. Un defecto de la geometría que acabó siendo lo más especial.
Me lo pasé muy bien haciendo todo eso, y justo por eso desconfío un poco. Cuando la suposición central está sin probar y tú estás puliendo la interfaz, a lo mejor estás evitando algo. Y aquí la suposición central es simple: ¿alguien va a pagar por esto? Todavía no lo sé, porque todavía no se puede comprar.
Lo que estoy haciendo ahora
Obiblion está en lista de espera, sin tarjeta. Quien se apunta tiene acceso anticipado a un precio más bajo, y si trae a alguien, sube puestos. Prefiero que la primera señal sea pequeña y real a que sea grande e imaginada. Una lista de espera no es dinero, ya lo sé. Pero es gente que deja su correo sin que nadie se lo pida, y eso dice más que cualquier «qué idea más bonita».
Los precios también son un experimento, y ponerle precio a algo así da un vértigo especial. No hay con qué compararlo honestamente: lo que cobra la competencia está inflado por lo que promete, y yo no prometo eso.
Lo que me llevo, de momento
- Que la honestidad puede ser el producto y no solo una restricción. Donde todos exageran, decir «esto no es terreno» es lo que te diferencia.
- Que me gusta demasiado construir la parte bonita, y que tengo que vigilarlo.
- Que la pregunta que importa no ha cambiado desde el primer día: si alguien va a pagar. Y esa solo se contesta abriendo las ventas.
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